Un ejercito en el Cielo: Testimonio de Simón
08/24/2022

(Del libro “Un ejercito en el Cielo,” Jankowsky)

El sistema de aviso sonó y oímos a la operadora decir: “¡Código Azul, Sala de Emergencias! ¡Código Azul, Sala de Emergencias!” Dos horas más tarde, cogí el informe de la enfermera de cardiología y Simón fue transferido a nuestra unidad, inconsciente y con ventilación. Una vez que me aseguré que estaba estabilizado, salí a la Sala de Espera en busca de su esposa. Encontré a Annie en la Sala de Espera dando pasos lentos de ida y vuelta. Annie era una mujer pequeña, impecablemente vestida con una larga falda azul y una blusa blanca de botones abrochada con un precioso broche. Un jersey multicolor tejido a mano cubría sus hombros.  Sus manos exprimían un pañuelo usado bordado a mano y sujetaba con el antebrazo cerrado una vieja cartera. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con esmero, con un moño en la nuca, y dos peinetas sujetaban el pelo lejos de su cara. “¿Se encuentra bien? ¿Está despierto?”

“Va bien, pero ahora mismo no está despierto porque le hemos medicado para mantenerlo calmado y sedado mientras su corazón se recupera un poco. Está con la máquina de respiración y enchufado al IV y al monitor. También tiene sus manos restringidas porque a veces cuando la gente se despierta con la máquina de respiración, su primer instinto les lleva a quitarse los tubos fuera de su boca, y no queremos que eso ocurra hasta que esté un poco más fuerte”. Puse mi brazo alrededor de ella y le di un pequeño apretón tranquilizador, y la guié hacia la unidad y a la habitación de él.

“Todo ocurrió tan de prisa. Nunca me dijo que tuviera dolores en el pecho, solamente indigestión”, dijo ella nerviosa, y entonces procedió a contarme qué había pasado esa noche, incluyendo lo que le había preparado para cenar, la llamada al 911, la llegada de los paramédicos y cómo ella, en su angustia, se perdió camino del hospital. La dirigí hasta el cubículo de Simón, contesté sus muchas preguntas, y le expliqué cada uno de los tubos, medicamentos y lo que esperábamos fuera el proceso de su tratamiento.

“No me puedo quedar porque no tengo buena visión de noche y conducir es dificultoso para mí. ¿Puedo volver mañana?”

“En cualquier momento que quisiera venir, es más que bienvenida. Este es el número de teléfono directo a nuestra unidad. Yo estoy aquí hasta las siete y media de la mañana, así es que si se despierta a la mitad de la noche y quiere saber cómo está, simplemente llámeme.”

“Le cuidareis muy bien, ¿verdad?”, me preguntó mientras abría sus brazos para abrazarme.

“Sí señora, lo haré, como cuidaría a mi propio padre”. Le devolví el abrazo y se marchó.

Simón era un pronto-a retirarse-de sesenta y cuatro años- profesor de economía de la universidad próxima. Era un hombre alto de barriga prominente, de piel medio oscura salpicada de pecas.  Su pelo bien recortado, en ligera disminución era de un color sal y pimienta distinguido. Sus manos eran largas con uñas pulcramente arregladas. La única joya que llevaba era el anillo de casado cubierto de finos arañazos de tantos años de uso. Durante la noche, Simón continuó su esperada mejoría, y aunque inconsciente, le dije mi nombre y le expliqué que era su enfermera, avisándole de todo lo que le iba a hacer antes de hacerlo. Le expliqué que había sufrido un ataque al corazón y le tranquilicé diciéndole que estaba todo yendo muy bien. Le dije que por la mañana le retiraría los tubos y él podría hablar con nosotros. Sus signos vitales se mantenían estables y disminuíamos su medicación de sedación también poco a poco en anticipación a la retirada de los tubos de reparación y ventilación.

Cuando volví al trabajo esa noche y leí el informe de la enfermera del turno de día, fui comunicada del éxito de la entubación  y de la retirada de la ventilación. Desde entonces, comentaba la enfermera del informe, el paciente había estado muy emocional, llorando intermitentemente, pero sin intención de explicar a nadie el por qué. Pensamos que sería un efecto secundario de los medicamentos de sedación, o el trauma de la resucitación, o numerosos motivos. Me dirigí a su habitación, me presenté y comencé mi turno de trabajo.

“Hola, Simón, mi nombre es…..”

“Yo sé quién eres, Kelly. Me cuidaste anoche cuando mi mujer estaba aquí”.

“Sí, así fue. Tú estabas inconsciente ¿Cómo sabes eso? ¿Me escuchaste cuando te hablaba?”

“Sí” me respondió, y agachó su cabeza mientras caían lágrimas de sus ojos.

“Cariño, ¿qué te ocurre? ¿Por qué estás llorando? Cogí su mano, y le entregué un pañuelo de papel que él apretó contra su cara. Exhaló fuertemente a través del pañuelo, se limpió la cara, dobló el pañuelo pulcramente en cuatro, y se limpió los ojos de nuevo. Entonces dijo:

“No puedo creer que esto esté sucediendo”.

Comencé a explicarle qué le había sucedido la noche anterior, cuando me interrumpió,

“Sé exactamente qué sucedió, querida, no necesitas explicármelo”.

Reacio a revelar ninguna información, Simón pasó el resto de la noche silenciosamente recogido y ocasionalmente lloroso.

Durante mi turno, nos relacionamos bien, y conseguí hacerle sonreír de vez en cuando. Simón era un hombre inteligente, humilde, y a menudo hablaba de Dios y de las cosas que sucedían en el mundo mientras noticias locales e internacionales aparecían en la televisión. Hablaba de su amor por la música y era un consumado violinista. Comparamos nuestros compositores favoritos y compartió su pena por no haber conseguido titulación en el instrumento. Habló de su niñez, su matrimonio y su trabajo en la universidad.

Él y Annie no tuvieron niños, pero sufrieron dos abortos naturales de 20 meses cada uno, recién casados. Habló de su labor caritativa ya que era voluntario en uno de las cocinas de sopa de la ciudad. Expresó su profunda empatía con los necesitados, una virtud que había adoptado en su juventud de sus padres. Su padre era abogado y su madre ama de casa. A menudo llevaban a gente sin techo a su casa para asearlos con una ducha y aliviarlos con una comida. Les proveían de nueva ropa, zapatos, mantas o un abrigo durante el invierno, y los cargaban con sacos de comida y algunos dólares para su bolsillo.

“Siempre traían extraños a casa. No era difícil encontrarse con una o más caras nuevas en la mesa, o durmiendo en una habitación sobrante cuando llegábamos del colegio. En nuestra casa nadie era rechazado si estaba en necesidad.” Su madre había muerto de cáncer de pecho a los cuarenta y su padre de un ataque al corazón once meses después. Aunque Simón estaba en la universidad estudiando en aquellos momentos, dijo que sus vidas habían tenido más impacto en él, mucho más que sus muertes.

“Cuando amas a Dios como ellos lo hacían, y eres dócil a Su voluntad, la muerte se vislumbra como un trampolín a la vida eterna con Dios. Ambos poseían una fe inquebrantable en Dios y en consecuencia no tenían verdadero miedo a la muerte”.

Me contó que habiendo sido criado con unos padres así, su generosidad hacia el prójimo arraigó en fe. Frecuentemente se hacía las calles repartiendo la comida que Annie había cocinado y empaquetado, al igual que ropa y mantas a los sin techo. Era un hombre muy amable, de buenas maneras, que apreciaba mucho todo lo que hacíamos por él.

A las siete y media de la mañana, cuando finalizaba mi turno, entré en su habitación para despedirme.

“Vuelvo de nuevo esta noche, Simón, y tu y yo vamos a tener una charla de nuevo, ¿de acuerdo?”.

“¿Sobre qué?”

“Sobre tus lágrimas….qué es lo que tanto te entristece”…me apoyé sobre las barras de su cama.

“Nunca me creerás”, suspiró.

“Te sorprenderías Simón. En más de 25 años en la UCI como enfermera he escuchado y visto cosas inimaginables. De verdad dudo me puedas sobresaltar”.

Hablamos durante unos cuantos minutos más, y después de presionarle un poco, me prometió contarme todo cuando volviera esa noche.

“Te tomo la palabra”, le dije mientras le daba un apretón a su mano.

Simón sonrió suavemente, me miró y me dijo: “Eres una criatura persistente, ¿a que sí? Creo que te voy a apodar “la Enfermera Trinquete”. Una gran sonrisa se dibujo en su cara y yo sentí que había forjado una nueva amistad.

Cuando regresé esa misma noche, el censo era bajo y en general, había quietud en el hospital. Rápidamente terminé mis deberes iniciales y fui a ver a Simón. Después de evaluarle y administrarle sus medicamentos, cerré las puertas de cristal de su cubículo, arrastré una silla, y bajé las barras de su cama.

“Bueno, Enfermera Trinquete, ¿parece que mi interrogatorio va a comenzar? Sonrió y  buscó a tientas el botón para subir la cabecera de su cama.

“Supongo que no quedarás contenta hasta que vacíe mi alma, ¿verdad? Pero” dijo batiendo su dedo hacia mí, “no asumas que después de escucharme mi próximo tratamiento me lo administrarán cuatro hombres sosteniendo una chaqueta blanca con hebillas”.  Alcanzó un vaso y dio un sorbo de agua. Devolviendo el vaso a su mesilla, quedó quieto un rato, y comenzó.

“Después de cenar, me sentí muy mal del estómago. Sentí una presión terrible en la parte baja del pecho, muy similar a una indigestión, así es que fui a la cocina para tomar un antiácido. La presión y opresión del pecho crecieron más y más. Me agarré a la encimera, pues me comenzó un mareo y sudaba profusamente, y bueno, mis piernas me fallaron y caí colapsado al suelo de la cocina. Recuerdo mirando al ventilador del techo diciendo: “Es esto. Voy a morir”. Escuché a Annie atacada hablando con la operadora del 911 mientras la habitación comenzó a dar vueltas y todo se fue a negro. Me desperté para encontrarme arriba cerca del techo, mirando hacia mi cuerpo abajo.

Vi a Annie agitándome y llorando, y vi llegar a los paramédicos que comenzaron a trabajar con migo. Les vi ponerme sobre una camilla y rodarme hasta la ambulancia. Miraba desde encima de la ambulancia cómo salió a toda prisa, y la seguí por un tiempo, flotando por encima como a treinta pies de distancia. Pero cuando la ambulancia giró a la izquierda en la Avenida Wilkens, yo seguí recto. Cuando miré hacia abajo, reconocía casas y calles. Vi las luces del semáforo cambiar y al tráfico de coches arrancar y parar”.  Simón me miró y dijo, “Y cuando me miré a mi mismo”, elevó sus manos frente a él con sus dedos abiertos,“no parecía mi cuerpo como lo conozco, quiero decir, tenía forma, pero no exactamente como lo normal de huesos y piel.” Bajó sus manos y brazos y reclinó la cabeza hacia atrás a la almohada. Todavía mirándome, continuó. “Es tan difícil de explicar, me siento que no puedo encontrar las palabras para nada de lo que cuento”.

“Eso es comprensible, Simón la mayoría de las personas que intenta explicar este tipo de experiencias a otros, no encuentran palabras. Nuestro vocabulario es incapaz de describir lo indescriptible”.

“¿Así es que has escuchado este tipo de cosas antes?” Dijo, levantando la cabeza de la almohada. Y pareció no solamente sorprendido, sino aliviado.

“Oh, sí, muchas veces”.

Después de una pequeña pausa, Simón continuó.

“Bueno, continué viajando a un ritmo estable y llegaba ahora a la altura de los postes de teléfono. Todo estaba tan quieto, pero cuando viajaba por encima de los árboles podía escuchar a los pájaros piando y a las hojas crujiendo. Cuando pasé por encima de la reserva de agua podía escuchar el agua moverse, las ranas croando y los grillos chirriar. Si estaba por encima de la ciudad escuchaba a los coches pitando y a la gente hablando. Gradualmente, me elevé más y más y entonces escalaba a tan increíble velocidad que pensé cómo era que no me quemaba. Pero aún a esta velocidad no sentía dolor, ni calor, ni incomodidad, y ningún viento, solo una brisa ligera y confortante. Volé fuera de la atmósfera y me adentré en el espacio, y  aún, en el vacuo silencio del espacio, escuchaba la más hermosa música. Era una música con la que yo estaba familiarizado, y era increíblemente bella, más allá de cualquier composición que hubiera escuchado. Amainé la velocidad y me giré para ver la tierra”.  

Elevó sus manos frente a mí, en forma de cuenco.

“Ahí estaba, colgando ahí mismo, suspendido y rodeado de nada. Era  inmenso en el medio de la oscuridad del espacio, y yo estaba sorprendido de su pura enormidad. Pensé cómo era que estos enormes e increíbles planetas estuvieran suspendidos. ¿Cómo es posible que algo de un peso tan enorme esté simplemente suspendido ahí, sujetado por nada?”

Simón hizo una pausa y se giró hacia mí.

“Debes comprender que yo no tenía ningún control de lo que me pasaba. No tenía ninguna información de donde iba o de lo que se me estaba mostrando, pero no tenía miedo. Yo solo lo aceptaba y estaba abierto a todo. Despacito me alejé de la tierra y cogí una velocidad que supe estaba muy cerca o sobrepasaba la velocidad de la luz. De manera que mientras iba, pasaba estrellas y planetas, aminorando la velocidad en algún planeta particular, como si Dios me estuviera permitiendo tomar conciencia de la belleza de Su creación. Vi planetas completamente desconocidos para nosotros, y cuando reducíamos la velocidad y me acercaba a ellos, de nuevo escuchaba la más delicada de las músicas. Intuitivamente comprendí que lo que estaba escuchando era la música propia de ese planeta en particular.

Cada música era única y bellamente compuesta, de naturaleza etérea, y con instrumentos que solamente vagamente se parecían en sonido a nuestros instrumentos de cuerda, pero muy similar también a nuestros instrumentos de madera, como oboes y clarinetes. Al fondo, siempre en perfecta armonía, el tintinear de campanas se escuchaba brillar entrando y saliendo de la música. El crescendo y diminuendo de estos instrumentos se sobreponían, y cada uno, por turnos, retomaba la melodía. Muy parecido a nuestras composiciones contrapuntísticas, tú sabes, como Palestrina. ¿Estás familiarizada con este estilo de música?” me preguntó, elevando sus cejas por encima de sus gafas.

“Estoy familiarizada con Palestrina. Sus composiciones son verdaderamente inspiradas”.

“Todo lo que escuchaba y veía era tan absolutamente perfecto en su diseño y construcción, que yo estaba impresionado. Es que verás, comprendí que todo lo que Dios creó le canta a Él- todos sus planetas, las estrellas, cada galaxia- llenando el universo con una inmensa orquesta de alabanza. ¡Es tan increíblemente bello!

No estaba sorprendido de la música, solamente de su incomparable hermosura”.

Sonrió, y miró hacia sus dedos, jugando con el pañuelo de papel.

Elevó sus ojos hacia la mesita a los pies de su cama y continuó.

“Cuando miré estas bellas galaxias, el diseño de cada una de ellas te dejaba sin aliento. Cada una era tan diferente de la otra que no se parecían nada a ninguna fotografía que hubiera visto del telescopio Hubble. Aun así, en la oscuridad del espacio, brilla tan intensamente tanta belleza, que arranqué yo también a cantar en alabanza a Dios. Comencé a cantar fuertemente, a cantar a Dios cuanto le amaba. Mientras cantaba, la música que yo escuchaba de fondo armonizaba perfectamente con la melodía que brotaba de mis labios. Era simplemente increíble, encajaba y fluía con tanta perfección”.

Sonrió, mirando con fijeza el final de su cama, y subiendo después la mirada a su regazo, continuó.

“Volé cada vez más rápido y me encontré a mí mismo completamente encasillado en la oscuridad, propulsándome a lo que yo pensaba era una estrella muy grande en la distancia. Según me fui acercando, la luz de la estrella se volvió cada vez más brillante, rodeándome, hasta quedarme sin espacio libre. Estaba completamente envuelto en esta luz. Ahora, no es como si algo me empujara a esta luz, pero me sentía atraído a ella, como si mi alma fuera tirada magnéticamente hacia ella. Y mientras más me acercaba, más se intensificaba mi deseo de alcanzarla”. Dejó caer su cabeza y suspiró.

“Me encontré en una habitación hecha completamente de luz, del suelo al techo, y entonces, aparecieron mis padres. Eran jóvenes, muy felices y tan emocionados de vernos juntos de nuevo. No podía creer cuanto amor fluía entre nosotros y qué encantados y felices estábamos de estar de nuevo en compañía unos de otros. Mi padre me tomó de la mano y me dirigió hacia un gigantesco prado ondulante. Dejar la luz atrás fue como salir de una pompa de jabón.

Una membrana fina, no más gruesa que una pompa de jabón fue lo único que separaba estas dos áreas. Cuando pasamos de la habitación de luz y salimos al prado, supe instintivamente que estaba en los alrededores del cielo. La brisa era templada y vívida. Cada vez que me acariciaba, traía consigo una increíble sensación de felicidad y paz.

El sitio donde nos encontrábamos era tan hermoso, era un poco como el paisaje que tenemos aquí en la tierra, pero más hermoso, simplemente indescriptible. Había árboles de especies que nunca había visto y hermosos más allá de las palabras, todos de diferentes tamaños y muchos eran enormes. Había flores, lagos y ríos, pero a una escala incomparable con los de la tierra, hermosos, más allá de las palabras, en unos colores que no existen aquí en la tierra, llenando todo de una increíble belleza. Y la música.

¡Oh, la música! Permeaba todo y se originaba de cada cosa. Sí, todo en el Cielo parece crear su propia música, y aun así, todo se amalgamaba en una tan perfecta armonía. No he escuchado nunca una melodía en la tierra que se pueda comparar. Estas armonías se mezclaban hacia arriba y hacia abajo, hacia delante y hacia detrás, dentro y fuera con tan increíble belleza que sobrecogía mi alma. Estaba viva, si puedes imaginar eso, y pasaba a través de mi, y me llenaba, satisfaciendo cada deseo, y supe que estaba en casa”.

“Mientras miraba con absoluto asombro toda la asombrosa belleza que me rodeada, mi madre se acerco a mí por detrás y me giró a la derecha, y ahí, directamente frente a mí….”  La barbilla de Simón tembló y con una voz ahogada por la emoción dijo: “ ¡Ahí mismo de pie frente a mi estaba Jesús!”

Limpiándose los ojos y jugando con el pañuelo en los dedos, se sonó la nariz y continuó.

“No podía creer que era mi Señor, mi Salvador. Jesús abrió sus brazos y emitía de sus manos, pies y costado pulsaciones de rayos de luz tan acogedoras que  volé hacia sus brazos con tanta fuerza que pude haberlo tirado”. Simón suspiró y me sonrió.

“Esos sentimientos que tenía antes de sentirme completo, palidecen en comparación con lo que sentí en Su abrazo. Cada molécula de mi alma regocijaba más allá de la imaginación humana. Cada ola de amor que fluía de Él voló a cada hueco de mi alma hasta el punto que sentí que iba a explotar si continuaba. Amor, perdón, aceptación pulsando dentro de mí, y fui llevado a un completo y perfecto conocimiento de mi mismo. Cada imperfección y fracaso me llenaron de tanto remordimiento que caí de rodillas a Sus pies. Me agarré a Sus pies y besé Sus heridas mientras Él continuaba llenando mi alma, ola tras ola de cada vez más creciente amor. Era un amor tan tierno y compasivo, que tuve que suplicarle que parara”. Simón se enjugó las lágrimas copiosas y luchó por mantener a raya los sollozos.

“¿Cómo pude nunca ofender a Dios?” Simón hizo una pausa, presionando el pañuelo por sus ojos, y entonces dobló el pañuelo en dos.

“Jesús me recogió, me tomó de las manos y me situó frente a Él. Me miró, a través de mí, me sonrió e inmediatamente estuve completamente lavado. Todos mis pecados, mis fracasos, mi incapacidad de ser paciente, amoroso y cariñoso; toda mi miseria y cada mancha de pecado desaparecieron completamente”.

Simón paró de hablar e inhaló abruptamente; se limpió los ojos y sonó su nariz. Después de una pausa para recogerse a sí mismo, continuó.

“Ven”, me dijo Él.

“Quiero que veas”. Entonces ya estábamos en las afueras de una inmensa ciudad que brillaba con una luz pulsada. Esta luz del cielo es tan increíblemente brillante y aun así no te agobia los sentidos. ¿Tú sabes cómo reaccionan tus ojos cuando sales al exterior en un día luminoso que se esfuerzan por cubrirse del deslumbramiento? La luz del cielo sobrepasa millones de veces la luz del nuestro sol, y aun así mis ojos nunca se resintieron lo más mínimo. Podía fácilmente mirar la luz y verlo todo sin la más mínima incomodidad,  y todo estaba lleno de esta luz. No habían sombras por ningún sitio”.

Simón miraba ahora el reloj de la pared, como si visualizara de nuevo las maravillas que sus ojos pudieron por un breve momento disfrutar. Sacudió su cabeza como queriendo de nuevo ponerse a la labor, dirigiendo ahora sus ojos a los dedos de sus mano enredados en el pañuelo.

Estábamos de pie sobre la cima de un monte alto cubierto del más exquisito follaje y flores que yo había visto jamás. Donde estábamos se veía abajo una preciosa carretera que llevaba a una ciudad, cuando de repente, nos vimos rodeados de personas. Al instante supe quienes eran, aunque de muchos me había olvidado ya en la tierra. Todos me saludaban y daban la bienvenida con tanta alegría y gozo. Cada uno de ellos me abrazó, ¡y eran tantos! Vi vecinos y amigos, mi hermano y hermana, un hombre a quien le di un billete de 20 dólares en la calle y un sin fin más. Vi a un hombre a quien me encontré en la calle en el crudo invierno que estaba muy débil para moverse. Le cubrí con una manta y estaba ardiendo de fiebre, congelado y destrozado por la calle. Le ofrecí café caliente, pero tan débil estaba que no podía ni sorber un poco. Llamé al EMS y me quedé con él, sujetándolo en mis brazos mientras esperábamos. Él me pidió que rezara por él, así es que rezamos el Padre Nuestro, pero murió en mis brazos antes de que llegara la ambulancia. Muchas veces he pensado en él, y ahí estaba, ¡radiante de alegría y entero!  Entonces de en medio de la muchedumbre emergieron un chico y una chica y supe inmediatamente que eran mis hijos”.

Simón me echó una mirada y sonrió, arreglándose la sábana de su regazo, y continuó.

“Ahí estaban ya crecidos, y llenos de tanta belleza, que no he visto en mi vida un ser humano con tanta belleza. Supe inmediatamente por qué habían muerto y cómo ellos habían rezado por Annie desde el momento en que llegaron al cielo. Me arrojé a sus brazos para abrazarlos, después de tantos años de vivir sin hijos. ¡Por fin era padre! Fue el mejor y más feliz de los encuentros”.

Me lanzó una sonrisa mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

“Hablamos durante un rato y entonces todos se despidieron y desaparecieron. Jesús me miró, y su expresión era de mucha emoción y gozo.

Puso su brazo sobre mi hombro y me dijo: “Quiero que veas lo que he preparado para ti desde el momento en que fuiste creado”.

Simón se vino abajo, sollozó, se inclinó hacia delante, envolvió su cara con sus manos y lloró. Después de un minuto o así, se incorporó, se limpio los ojos y continuó.

“Si hubiera tenido idea de lo que me esperaba y cuanto sinceramente me ama el Señor- me miró y me señaló con el dedo- nunca os hubiera dejado a vosotros traerme de vuelta”.

Después de un largo rato de lágrimas en silencio y muchos pañuelos, levantó su cabeza y continuó.

“Estábamos de pie ante una gigantesca estructura similar a la de nuestros edificios, pero no construida de piedras y ladrillos porque podíamos ver a través. Era increíblemente bello y brillaba como el sol. ¡Esta…..esta era mi mansión! (Entonces Simón citó a Juan 14:2. “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones….” Y Mateo 6.20-21: “Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”).

“Y mientras miraba de pie esta inmensa estructura, me fue revelado que mi vida era el arquitecto y la fuente de esta construcción y diseño. Todo el bien que hice en mi vida, que fue bondadoso y dirigido hacia el bien de otra persona estaba allí. Cada bol de sopa, cada pedazo de pan cada manta o palabra de ánimo, cada gesto tierno hecho por amor a Dios construyó el edificio. El Señor me recompensó hasta el enésimo grado cada gesto que yo hubiera realizado aquí en la tierra que le llenó de satisfacción. Yo no merecía nada de esto, para ser brutalmente honesto, pero Su generosidad magnificó mis débiles esfuerzos aquí en la tierra hasta tal magnitud, que me quedé impresionado ante tal increíble magnificencia. Sobrepasaba todo lo que ninguna mente mortal pudiera remotamente comprender, y era específicamente solo para mí. Ninguna estructura se asemejaba a la mía porque la experiencia de cada alma es única. Tu vida, tus dones y gracias, son diferentes de la mía y vice-versa. Todas mis oraciones, cada una de ellas que ofrecí al Cielo estaban ahí. Oraciones de alabanza, acción de gracias y petición estaban ahí, y todas ellas combinadas formaban el mortero de cemento que los mantenían unidos adornándolas con tal belleza que no podría comenzar a describirlo. Pero las oraciones que recé por las personas fueron las más importantes y las más ornamentadas en esta decoración. Oh, si solamente tuviera las palabras para describirte lo que vi”.

Se acomodó en la cama, bebió un poco.

“Ahí estaba yo intentando asumir todo y repetía: “Jesús, oh, mi Jesús”. ¡Me giré para mirarlo y tenía la sonrisa más espectacular!

La voz de Simón de rompió de nuevo en una voz llena de emoción, y continuó.

“Era como un padre sorprendiendo a su hijo en su cumpleaños. Brillaba con una felicidad tan increíble, como un padre mirando a su hijo abrir su tremendo regalo. Sentí inmediatamente qué complacido estaba con todo lo que hice en mi vida. Puso sus brazos alrededor de mí, me tiró hacia Él y en mi alma escuché: “Te amo”. 

 Me derretí en Su abrazo y estaba tan lleno de amor por Él, que mi alma se regocijó en completa y pura alabanza. Alabanza increíble y espontánea surgió de mi corazón, tanta, que fácilmente pude haberme quedado alabándolo por toda la eternidad. Estaba tan henchido y emocionado que simplemente no hay palabras para expresar qué le sucedió a mi corazón en ese abrazo y Su presencia. El amor que emana de Él es simplemente indescriptible y tan completo que nada, absolutamente nada que yo haya experimentado en mi vida se acerca ni remotamente. A pesar de sentirme tan inmensamente henchido, era completamente feliz, pues nada me faltaba mientras estaba allí.  ¿Sabes, mi vida, mi esposa, mis amigos, mi hogar, todo por lo que he luchado aquí en esta vida? Nada de eso importa. Estaba completamente tranquilo de dejarlo todo atrás sin ni siquiera mirar hacia atrás. Y mi Annie, a quien amo más que a nadie…..Estaba completamente contento de dejarla atrás porque por fin estaba en casa, estaba absolutamente realizado y completamente feliz…..completamente feliz”.

¡Ah!  Pero el peor de los momentos llegó.”

“Ese espantoso y terrible momento en que Jesús puso su mano en mi hombro y me dijo que debía volver”.

“Mi alma se sentía aplastada. Le rogué una y otra vez que me dejara quedarme, pero Él me explicó que aún no era el momento.”

“Todavía no hijo. Aun tengo algo más que debes hacer “.

Hubo una pausa larga y se reajustó la almohada.

“ ¿Tienes alguna idea de lo difícil que es estar en Su presencia un minuto para después aparecer en este cuerpo colgado de una máquina?…Sentí que lo había perdido todo”.

“Es tan doloroso dejar Su presencia que inmediatamente supe lo que era el infierno. Comprendí  que estar un solo momento sin Él era insoportable …¿y por toda la eternidad? Oh, sí….eso es el infierno.”

Hizo una pausa y me miró con una expresión muy triste.

“Sabes, cuando estás frente a Jesús, es como si el universo entero fuera creado específicamente para ti. ¿Recuerdas todos esos planetas y galaxias que pasé en mi camino al cielo? Sentí como que todo ello fue creado especialmente para que yo disfrutara de la hermosa imaginación y el poder creador de Dios. En Su presencia , Jesús te hace sentir como que todo, todo por lo que pasó mientras anduvo por la tierra-Su vida, Su muerte, la enormidad de Sus heridas- todo fue hecho solo para ti- y Él, de buena gana, volvería a pasar por todo si eso significa que tu estarías con Él por toda la eternidad. Cuando Él mira a tus ojos, Él ve todo. No hay nada escondido a esos bellos ojos, y aun así, no sientes temor. Por lo menos, yo no lo sentí. Él te hace sentir que éres el único en todo el universo, así de grande es Su amor por ti”.

“Cuando Jesús me dijo que me tenía que marchar, supe en el fondo de mi corazón que era lo correcto… ¡aun así yo por lo menos debía intentarlo!”

Sonrió y continuó.

“No sé cuando lo veré otra vez, pero sí sé que cuando mi cuerpo ya no aguante más, no quiero que nadie me pare de volver a mi casa en el cielo”.

La enfermera le preguntó:

“Dime Simón, ¿Cómo es Jesús? ¿Cuál es su apariencia?”

“¡Él es increíble! Irradia amor increíble, santidad, y una absoluta y perfecta pureza. Pero sobre todo, destila tal realeza majestuosa que te lleva a  adorarlo, amarlo, pues Él es arrollador, maravilloso en Su magnificencia y belleza. Es alto y completamente y perfectamente masculino y tan maravillosamente atractivo. Tiene el pelo marrón y unos ojos profundos, cautivadores y preciosos. Pude quedarme mirándole a Él y a nada más, por toda la eternidad, de verdad. Y no se parece nada a las imágenes que hay de Él en la tierra que a veces lo representan afeminado. Pero…se parece a mí, a mí, y a ti, y a aquella enfermera de allí…Es muy difícil de explicar, pero viéndote, le veo a Él.  Si miro a aquel, o a aquella….veo a mi Jesús. Le veo en todos. Y Él es parte de todos nosotros porque fuimos creados a Su imagen, me entiende. Uno sabe lo que ha querido decir cuando dijo:- Lo que hagas por el menor de estos, Mis hermanos, lo hiciste por Mí-. 

Ah, sí, Le veo ahora en todos, y es tan obvio ahora en mí, que no sé cómo he podido estar tan ciego”.

“Wow, Simón, qué experiencia más increíble. Me alegro de haberte forzado a contármelo”.

“Eso hiciste, Enfermera Trinquete, eso hiciste”.

Sonrió, me estrujó la mano. Aunque tenía muchas preguntas, veía que estaba cansado. Le ayudé a colocarse de un lado, le arreglé, y le dejé dormir. Le escuchaba de vez en cuando sonarse la nariz, y mirar fijamente la puesta del sol de la ventana. Dos días después, Simón tuvo otro fallo cardíaco. Su corazón estaba muy débil y nunca más podría volver a su trabajo… Necesitaba un marcapasos y un desfibrilador interno. Inicialmente rechazó la propuesta, pero las lágrimas de Annie lo convencieron. Fue bajado a otra unidad. Estuvo dos semanas más en el hospital y yo de vez en cuando pasaba por su habitación para saludarle y frecuentemente me decía cuanto deseaba volver al cielo, y oraba constantemente.

Forjamos una estupenda amistad y me invitaba a pasar por su casa para visitarlo.

En una de estas visitas mías, Simón me comentó cómo estaba compartiendo su experiencia con su esposa, amigos y finalmente con su Parroquia.

“¡Puede que no pueda trabajar, pero aún puedo hablar! Si las personas están dispuestas a escuchar y cambiar sus vidas por mi experiencia, si puedo tocar aunque sea un alma, entonces estoy dispuesto a seguir hablando. Entonces mi trabajo para Dios será exitoso”.

Una mañana pasé después del trabajo por su casa, y después de nuestra habitual taza de café, le hice la pregunta que me estaba rondando desde que escuché su relato la primera vez.

“Simón, ¿Puedo preguntarte algo?”

“Claro.”

“¿Qué es ese algo más que el Señor quiere que hagas?”

Simón suspiró y dijo:

“Lo que Jesús puso en mi corazón ese día, fue la absoluta comprensión de que Dios no desea que nadie vaya al infierno. Desde que he vuelto, no puedo borrar el sentimiento de urgencia que se ha abrazado a mi corazón y alma. La eternidad es muy, muy, muy larga, sabes, y que un alma se pierda, que esté permanentemente alejado de Dios que tanto le ama, me causa hasta dolor físico pensarlo.

El alma, el alma humana, es Su más preciada y preciosa creación y cada uno de nosotros somos muy preciados por Él. Darse cuenta de que muchas almas no le conocen o no lo aman y están perdidos en el infierno para siempre es el motivo de mis lágrimas. No he podido borrarlo de mis pensamientos desde que volví. Mi “tarea”, mi “algo más que hacer” es que debo rezar constantemente por los pecadores. Por su conversión, y guardarlos del infierno. Esa es mi tarea hasta que Jesús me llame a casa. ¿Recuerdas mi mansión? ¿Recuerdas que las más hermosas de las ornamentaciones y lo que le daba la magnificencia eran las oraciones por los demás?

Cualquier y toda oración por los demás es tan eficaz, que una sola oración puede ser suficiente para cambiar un corazón endurecido en un corazón arrepentido. Nada se pierde de la oración. Es nuestra manera más hermosa de doblarle la oreja a Dios, porque orar por los demás es sacrificio. Aunque no parezca un sacrificio, nosotros sacrificamos nuestro tiempo, dejamos a un lado nuestras peticiones por un momento, y le pedimos a Dios que ayude a otro. ¿Y salvar solo un alma de ser borrado de la presencia de Dios para toda la eternidad? Bueno, eso es todo en lo que pienso y me llena de tanto terror y ansiedad, que las lágrimas simplemente fluyen y así es que rezo constantemente. Duermo muy poco porque ocupa cada minuto de mi día y mi noche. ¡Infierno, qué horrible lugar, qué horroroso final! Hubiera preferido quedarme en el Cielo que volver con este ancla atado a mi corazón”.

“Pero es una petición hecha directamente a mí por Jesús, una labor a la cuál consentí y que demanda toda mi atención. No le defraudaré porque lo que Él quiera yo lo quiero. Ansío con todas las fibras de mi ser estar con Él de nuevo. Cuando mi tiempo se cumpla, y Él me llame para siempre a casa, solo entonces mi corazón estará contento. Ya ves, la eternidad no es lo suficientemente larga para adorar y agradecer a tan maravilloso Dios. Si, un Dios que prefiere morir en una cruz antes que estar separado de nosotros. ¿Te lo imaginas? Ese hecho solamente tomará toda una eternidad para agradecérselo”.

Seis meses después Annie ingresó en nuestra unidad con un ataque al corazón masivo. Todo el lado derecho del cerebro tenía una hemorragia. Simón nunca dejó de estar a su lado y arregló todo para poder estar a su lado todo el tiempo. A veces le mesaba el pelo, la acariciaba y le decía: “Espera a verlo, Annie, es tan hermoso. Tú vete corriendo y guárdame un sitio. Estaré contigo pronto”.

Annie murió a las 24 horas de ingresar en nuestra unidad.

Simón lloró cuando ella murió pero dijo que eran lágrimas de alegría. El se agachó, le besó la frente y susurró:

“Oh, Annie, te voy a extrañar, pero sé dónde estás. Dale un abrazo a mi Jesús y pídele que me venga a buscar pronto”.

Alrededor de un año después de la muerte de Annie, Simón se mudó a un condado vecino. Allí estaba más cerca de su hermana y sus sobrinos. Recibí algunas cartas suyas y nos hablábamos por teléfono de vez en cuando. Me contó cómo Annie se le había aparecido en sueños rodeada de la más hermosa luz. Me contó cómo sufría  por el deseo de dejar el mundo y estar cerca de Jesús de nuevo.

Al año siguiente, recibí una carta de su hermana anunciándome que Simón había fallecido en paz, durmiendo, la víspera de Navidad.

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